Así lo imagino y así lo recuerdo. Risueño, afable, lleno de vida. Con sus luces y sus sombras, siempre dispuesto a sumergirse en ellas. Viajero interior, explorador de sentimientos, musicó una época y un mundo que ya no existe, pero perdura en esos ritmos y esas letras.
Porque lo es el que puede, no el que quiere, el Gato Pérez fue y será la expresión fiel de esas calles con olor a vida, de esas historias pequeñas y esa microgeografía de barrio que a golpe de humanidad construyeron mi ciudad. No esa Barcelona de postal que algunos se empeñan en mostrar, sino la de verdad: esa con acento, con color y sabor, salitre y rumbera, habitada por gente humilde, alegre y diversa.
Cada canción del Gato es un poema íntimo a compartir con los demás, un retrato exacto del palpitar cotidiano, una loanza al incomprensible y maravilloso hecho de estar vivo.
Por eso y por todo lo que no digo, siempre te querré. Gracias Gato. Nos vemos en el Cielo.