Lunes, 3 de febrero de 2014. Me despierto y pienso en lo ocurrido el día anterior. Son las seis de la mañana y todavía es de noche. Puede que suene contradictorio, pero no hay nada de lo que sorprenderse. Al fin… ¿No es la vida un estado de perpetua contradicción?

LOS MUERTOS (I)
Philip Seymour Hoffman ha muerto. Permanezco tumbado, los ojos abiertos o cerrados en la oscuridad. Lamento profundamente la desaparición de este hombre. Aunque suene a tópico resulta indiscutiblemente que es, que ha sido, uno de los más grandes artistas de su generación.
No, no le conocía. No le conocía personalmente. Y no creo que, aunque pudiéramos ver la totalidad de su trabajo, nadie llegara a saber quién fue.
Un actor bucea en su interior para sacar a la luz su arte, su encarnación del personaje que interpreta. Pero lo que vemos en pantalla no es el actor ni la persona. Con el permiso de Lacan, creo que lo que la pantalla nos muestra es un espejo de nosotros mismos.

LOS MEDIA (I)
Philip Seymour Hoffman ha muerto. Al parecer, su familia no fue la primera en saberlo. Algún periodista (¿?) publicó la noticia en Twitter antes siquiera de que la policía pudiera informar a los más allegados.

Así son los tiempos en los que vivimos. Cualquiera puede enterarse antes que tú de lo que sea, no importa que se trate de algo que te afecte profundamente y que, sin embargo, para el vecino no supere la categoría de chisme, algo que olvidar antes de haberlo registrado.

Impera la regla del deseo inmediato: lo quiero todo, lo quiero gratis y lo quiero ya.
Somos víctimas de una bulimia informativa. Nos hemos hecho adictos a la cultura del “fast food”, hasta tal punto que podríamos comer sentados en la taza del inodoro.
¿Resulta una imagen desagradable? No lo creo. Al fin y al cabo, es lo que hacemos a diario, a cualquier hora, en cualquier lugar. Devoramos la información (las noticias, las películas… lo que sea) sin saborearla ni digerirla.

La noticia corre como la pólvora, y se arma un revuelo (otro), en la Red. Phillip Seymour Hoffman ha muerto de una sobredosis: le han encontrado con la jeringuilla colgando del brazo y un montón de papelinas a su lado.

Nada de contrastar la información, nada de respeto por la privacidad de la personas… nada de nada. Quien no corre, vuela. Quien pega el primero, pega dos veces. O, traducido al lenguaje de los medios actuales: ¡viralízame, por favor!

Como sea, la carrera, la vida y la muerte de una persona, se ven reducidas a un mensaje de 140 caracteres que, a pesar de estar escrito en negro, amarillea por los cuatro costados.
De nuevo el debate está servido: libertad de información versus derecho a la intimidad. En cualquier caso, la sociedad del espectáculo (epítome del reciclaje mal entendido) ya tiene algo con lo que nutrirse.

LOS MUERTOS (II)
Philip Seymour Hoffman ha muerto. Un escalofrío me recorre el cuerpo. Todavía a oscuras, recuerdo que sentí una sensación parecida hace mucho cuando, terminada la proyección, abandoné la sala en la que asistí al estreno de “The Dead”.

Para entonces, Huston, su director, ya había muerto.
Aquello era a todas luces un testamento cinematográfico. O así lo entendí yo. Y los amigos que me acompañaban.
Un silencio sepulcral se apoderó de nosotros durante un buen rato mientras caminábamos, alejándonos a cada paso de aquel momento y aquella sensación imborrable.
John Huston, al que tantas y tantas veces crítica y público había pronosticado que no se levantaría de la lona, acababa su carrera y su vida con la cabeza muy alta, firmando una obra difícil de rodar, intimista, rebosante de humanidad y de una belleza y delicadeza extremas.
Nos morimos y ya está.

Nos morimos como vivimos, solos, a pesar de ser criaturas sociales (o tal vez debido a ello).
Morirse, además de individual, debería ser un acto privado.
Para un actor, morir es una de las acciones más difíciles de interpretar, porque tiene escasas referencias (ninguna en primera persona) y porque, si hay algo de verdad antinatural, es sobrevivirse a uno mismo, aunque sea a través de un ejercicio de ficción.
Morirse, digo, debería ser un acto privado, nunca un hecho público (lee mi tweet, difúndelo, hazme famoso aunque sólo sea por un segundo). Y aún más: morir nunca debería ser un espectáculo (o un mal chiste publicitario, como el fallecimiento de Paul Walker, protagonista de la saga “The Fast and the Furious”). De nuevo la sociedad del espectáculo. Siempre al acecho, siempre hambrienta, no le hace ascos a la carroña.

LOS MEDIA (II)
3 de febrero de 2014. Phillip Seymour Hoffman ha muerto. ¿Qué más pasó ayer? pienso desde la oscuridad.
Ah, sí: los trabajadores de TV3 están en huelga y la cadena pública no emitió la entrega de los premios Gaudí de la Academia del Cinema Català.
Qué gran pérdida. La de Hoffman, quiero decir.

Pero no pasó nada (ahora pienso en la ceremonia). Los Medios son omnipresentes.
Barcelona Televisió cubrió el evento, para gran regocijo de aquellos que confiaban en ganar y así ver publicitada su película de manera gratuita. Porque, al parecer, ésa era la gran preocupación de los académicos, o mejor dicho, de aquellos que tenían intereses relacionados con los films en competición o (¿será generosidad?) con la industria toda.
Ésa, y que los compañeros del gremio, los trabajadores de la televisión pública catalana, fueran tan insensibles y poco solidarios.

Eso sí, de Phillip Seymour Hoffman nadie se acordó, tal vez porque no era de estos lares, tal vez porque esperaban que en la cercana ceremonia de los Oscar se le rindiera el necesario homenaje (que, llegado el momento, quedó reducido a una mención de pasada).
Y es que los Medios son así, una maquinaria insensible que lanza sus mensajes vacíos en imparable continuidad. (Conste que todo esto no se me ha ocurrido a mí, que otros más sabios ya lo dijeron, desde Marshall McLuhan hasta Guy Debord).

LOS MUERTOS Y LOS MEDIA
Phillip Seymour Hoffman ha muerto. Como no hace tanto murió Heath Ledger, otro grande de su generación.
No sé porqué, al pensar en ello me viene a la cabeza el título del film de Pialat, “Nous ne vieillirons pas ensemble”.

Y, lamentablemente, así es.
No envejeceremos juntos. Nunca veremos cómo las canas y las arrugas redibujan los rostros de estos actores, ni les veremos encarnar a personajes de más edad, acorde a la suya propia.

La muerte de Phillip Seymour Hoffman dejó pronto de ser noticia, para ser remplazada por alguna otra, no recuerdo cuál. (La perpetua inmediatez: cambiarlo todo para que todo siga igual).

Pocas veces pensamos en lo importante que es que tal actor o actriz acepte un papel y utilice su rostro, su cuerpo, para encarnar en pantalla al personaje que corresponda.
Y sin embargo, resulta de máxima relevancia, más allá del valor estético, artístico o del meramente económico.
Con cada película los actores dibujan los recuerdos de generaciones enteras.

La España de los ochenta siempre tendrá el rostro y la voz de José Sacristán y José Luís López Vázquez, de Alfredo Landa y Fernando Fernán Gómez, pero también de José Luís Manzano y del Pirri (por citar a dos actores que desaparecieron prematuramente).

La última década del siglo pasado y la primera de éste contarán con el rostro de Phillip Seymour Hoffman como parte del imaginario colectivo de esos años.
Celebro la existencia del cine y la de aquellos que, como Hoffman, se esfuerzan en hacer de cada actuación un ejercicio de sinceridad, una pequeña obra de arte, un espejo en el que mirarnos y, sin duda, un antídoto contra la mediocridad y la estupidez en la que algunos medios se empeñan en sumergirnos.

Concluyo con el enlace a este montaje, realizado a partir de fragmentos de películas en las que intervino Phillip Seymour Hoffman: es un legado valioso que debemos preservar.

(Éste artículo, en una versión ligeramente diferente, apareció publicado en el blog de Filmin).

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