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Little John is now Young “Crazy” John is now Big John is now Old “Screwed Up” John.


El pequeño John ahora es el joven alocado John, ahora es el gran John, ahora es el viejo y jodido John


Apreciados miembros de la comunidad:
El recuerdo de los últimos acontecimientos se encuentra dolorosamente presente en la memoria de todos y por ello, y por ahorraros el sufrimiento y la vergüenza de escucharlos de nuevo, prefiero obviarlos. En lugar de eso, aprovecharé la ocasión para presentaros mis sinceras disculpas y confesaros lo que, a día de hoy, entiendo que ha sido por largo tiempo mi gran pecado de omisión.


Las grandes tormentas se forman poco a poco. Sólo aquellos que no miran al cielo ni leen correctamente los signos que aparecen en él se sorprenden cuando cae el aguacero. Y yo, lo reconozco, me siento como el avestruz que aparta la vista ante la proximidad del peligro.


Murmuráis. Lo comprendo. No os gusta escuchar las palabras que salen de mi boca, como tampoco a mí me gusta pronunciarlas, pero no podemos esconderlo por más tiempo: hemos recogido el amargo fruto de la semilla que nosotros plantamos.


Parece que fue ayer, y sin embargo han pasado mucho años de esto, cuando llegó a nuestra comunidad un nuevo miembro, entonces casi un recién nacido, hoy un hombre maduro. El pequeño John, le llamábamos entonces. Un chico enclenque y de ojos saltones que se escondía tras sus progenitores cuando te cruzabas con ellos por la calle. Un chico tímido, comentábamos, con una sonrisa displicente. Un día los encontré y le dije: “Pequeño John, no tienes por qué esconderte. Ésta es una comunidad amistosa, y todos y cada uno de los que formamos parte de ella tenemos nuestro lugar. Así que no debes temer nada, muéstrate tal como eres y con el tiempo sabrás dónde debes estar”. Eso fue lo que le dije.


Pasaron los años, el pequeño John creció, y se convirtió en el joven John. El joven y alocado John. Se dejó el pelo largo y empezó a frecuentar malas compañías. Y no sólo eso, también se convirtió en un chico respondón. Cuando le decías “Joven John, no es bueno que andes con esas gentes” él contestaba “¿Qué hay de malo en ello? Todos somos miembros de la comunidad, buscando nuestro lugar”. Pero como digo, no se lo tuvimos en cuenta. Preferimos achacarlo a la falta de madurez propia de su edad en lugar de ver que la raíz del problema era más profunda. Y es que el mal, cuanto mayor es, más sutilmente se mueve, podéis creerme.


Pasaron los años. El joven John siguió creciendo y, como hasta en el mal más terrible no se puede extirpar por completo la semilla del bien que pudo contener, de todas las barbaridades que el joven John hiciera creímos ver algo digno de ser rescatado. Tal vez lo que en realidad ocurrió fue que, debido a la insistencia, nos acostumbramos a sus tropelías e improperios, sus bromas escatológicas y su tono histriónico y chillón. El caso es que nos olvidamos de todo eso y quisimos ver en él a un artista. ¡Cuánta astucia empleó John! Sin duda ésa era una buena excusa para justificar sus excentricidades, incluso para que siguiera manteniendo ciertos usos y costumbres que no eran del agrado de la comunidad. Pero… ¡si hasta le nombramos hijo predilecto de la ciudad! Y es que no hay más ciego que el que no quiere ver.


Pero al igual que cada año tiene su invierno, cada rebaño tiene su oveja negra y, en última instancia, la verdad siempre aflora. La pasada noche, víspera de Navidad, una patrulla de policía localizó a un individuo que intentaba introducirse en el domicilio de una familia. Iba vestido de rojo y tocado con un gorro terminado en una borla. En el momento de su detención se identificó al sujeto como John, el viejo John. Ante el requerimiento de los agentes, se limitó a decir: “Por fin he encontrado mi lugar. Traigo para todos ilusión, esperanza y alegría.”


¿Se puede imaginar afrenta mayor? No evito responsabilidades. Si nuestros valores fundamentales se ven hoy ultrajados, si se escupe sobre nuestros símbolos más sagrados, es porque hemos sido víctimas de nuestra propia tolerancia. Tal vez, hace muchos años, cuando me encontré al chico por la calle, tenía que haber imaginado el futuro, haber sido fuerte, mostrar más entereza y, pensando en el bien común, haber dicho: “Pequeño John, en esta comunidad no hay sitio para ti”.


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